72 horas en los alrededores de Cusco, Perú

El 21 de abril de 2017, la insensatez e impulsividad de dos jóvenes viajeras ( J. y A.) dictaron que en menos de 72 horas habrían de ascender más de 1610 metros y recorrer aproximadamente 40 km a pie para llegar al sitio arqueológico de Machu Picchu y a la montaña Apu Winicunca, también llamada “Montaña de los 7 colores,” por menos de 120 dólares cada una.

La decisión de emprender ambas misiones en un periodo tan corto fue producto de un profundo desconocimiento de la geografía de la zona y, a su vez, de un gran entusiasmo por conocer dos focos turísticos de un lugar cada vez más concurrido por viajeros de todo tipo, desde mochileros en su año sabático hasta pensionistas retirados cómodamente en Europa. Para usuarios frecuentes de redes sociales, el atractivo de visitar Machu Picchu es exacerbado por su ubicuidad y la urgencia de conocerlo antes del rumorado “cierre” de partes de las ruinas para evitar su desgaste: al momento de escribir esta crónica el hashtag #machupicchu cuenta con 745,644 menciones en la red social Instagram y el lugar figura entre las 7 atracciones turísticas más instagrameadas del mundo. Guías y personal administrativo del recinto negaron fuertemente que existe algún riesgo de cierre.

Por las razones fundamentadas y no fundamentadas anteriormente mencionadas, y muchas otras relevantes particularmente a personas de la generación Z y millennials, las jóvenes viajeras comenzaron su recorrido a las 7:00 am el día viernes 21 de abril en la pequeña oficina de una empresa turística cerca de la Plaza de Armas, en la ciudad de Cusco, nombrada sitio patrimonial de la UNESCO en 1985.

Luego de mucha confusión por parte de conductores acerca de cuáles boletos correspondían específicamente a esa empresa y representaban autorización para subir al vehículo que de ninguna manera era 4×4 ni estaba equipado adecuadamente para un recorrido de 6 horas por caminos de tierra y terracería, oficialmente comenzó el viaje.

Alrededor de las 15:00 horas de la tarde, los pasajeros y sus mochilas fueron depositados en un pequeño restaurante cerca de una estación de tren en un lugar denominado “Hidroeléctrica.” Después de ingerir los alimentos cubiertos por su “tour,” colectivamente les fue dada la orden de cruzar un puente verde y caminar en línea recta por 2-3 horas siguiendo las vías del tren hasta llegar al pueblo de Machu Picchu, instrucción que resultaría levemente incorrecta (hay que subir un tramo y luego continuar por las vías) pero sin gran consecuencia.

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El tren (que para Peruanos cuesta 5 soles y para extranjeros 31 dólares).

Las viajeras optaron por tomar el tiempo a su salida y descubrieron que el traslado al pueblo les tomó 2 horas con 38 minutos a paso lento, sin embargo nadie les avisó que una vez en el pueblo todavía hay que recorrer un largo camino para llegar a los designados hostales y hoteles por calles sumamente empinadas, y otro más largo todavía si se procura llegar a las “aguas termales” para recuperarse de la caminata. En total el tiempo para llegar, encontrar al guía grupal y después instalarse en el hospedaje sobrepasó las 3 horas, y resultó incluso más cansado de lo que viajeros haciendo el recorrido de regreso les advirtieron.

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Pueblito de Machu Picchu

El primer problema real de su visita se manifestó a las pocas horas de arribar en el poblado. El guía asignado avisó ambiguamente no solo a ellas, sino a tres jóvenes provenientes de Uruguay y a una mujer española que para la cena tenían que encontrarse en un restaurante llamado “Inca Tequila” cruzando el puente blanco. Después de cerca de 48 minutos de recorrer el pueblo, y de que autoridades con walkie-talkies confirmaran que tal lugar no se encuentra registrado en el directorio de restaurantes del pueblo, optaron por llamar a la empresa turística: “Tienen que buscar Inca Tequila, claro que existe” fue la única indicación que recibieron hasta la tercer llamada.

Producto de esta desconcertante situación, el grupo de personas arriba mencionadas no logró más de cinco horas de descanso antes de salir de su hotel con temática decorativa de psicodelia Inca (descrito por varios como una verdadera joya en el mundo de los pequeños y baratos hospedajes), a las 04:00 horas de la madrugada con el fin de formarse para subir la montaña que conduce a las famosas ruinas. *

Las puertas a las escaleras de piedra se abrieron el sábado 22 de abril a las 05:00 horas, e inmediatamente comenzó el flujo de personas casi exclusivamente extranjeras (existen varios incentivos económicos para que nacionales peruanos utilicen el tren y servicio de camiones que conducen al pueblo y a las ruinas) hacia la cima. Las viajeras observaron con curiosidad mientras pasaban a personas que habían logrado llegar de Hidroeléctrica al pueblo mucho más rápido que ellas. Al estar acostumbradas a lugares de mucha altitud (una por su lugar de residencia y una al estar cumpliendo 2 meses de viajar entre Bolivia y Perú) no requerían de paradas para recuperación o por falta de aire entre tramo y tramo de escalera empedrada.

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Machu Picchu antes de salir el sol.

Llegaron a la entrada de las ruinas en una tiempo que ellas percibieron como récord: cuarenta minutos cuando el promedio es de una hora u hora veinte.  “Llegar aquí antes de que salga el sol ha sido de las partes más increíbles de mi viaje” admitió J., viajera principal en nuestra narrativa, e ingeniera bostoniana con una alta apreciación de la aptitud Inca para la construcción e ingeniería. Para este punto estaba a poco menos de 60 horas de emprender el viaje de vuelta a casa después de siete meses de viajar.

48 horas restantes

Tras casi 5 horas de visita a las ruinas, las viajeras J. y A. comenzaron su descenso de vuelta al pueblo. Con base en cálculos del día anterior, necesitaban estar saliendo del poblado de Machu Picchu a más tardar a las 11:50 horas para poder llegar tranquilamente a Hidroeléctrica, a tiempo para la recogida en el vehículo que las llevaría de vuelta a Cusco. Las diferentes empresas que recogen a los viajeros en aquel punto, recalcaron a todos por igual que los vehículos parten puntuales a las 15:00 y que los clientes que por el motivo que fuese no estuviesen ahí serían básicamente abandonados a la intemperie.

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Machu Picchu con sol.

Pese al meticuloso horario trazado la noche anterior, a las 12:10 horas las viajeras se encontraban saliendo de un restaurante con una pizza napolitana en una caja improvisada. Observadores dudaron del diseño de la caja pero admiraron la practicidad de la idea, y varios solicitaron una rebanada de pizza.

45 horas restantes

Después de la caminata las viajeras llegaron separadamente al camión, puesto que una sufrió dolor de rodilla que alentó su paso. Para el arribo de la segunda viajera, el camión ya se había saturado de personas, y tanto A. como uno de los jóvenes Uruguayos fueron colocados en asientos hasta el frente,  sin cinturones de seguridad y en el caso del joven en un asiento que no tenía la función de reclinarse hasta atrás. Después de dos horas en esta situación incómoda y con lluvia en la carretera, tomaron la decisión de quejarse con el conductor durante una parada rústica en una pequeña tienda-comedor, y solicitar que los pasaran a otra camioneta con disponibilidad de asientos.

La situación escaló a tal grado que el chofer fue visto por otros viajeros gritándoles que “podían quedarse ahí” porque “no era su problema” y los otros camiones “ya iban llenos.” A tres camiones en el mismo estacionamiento se desarrollaba una situación similarmente tensa; una pasajera consideraba que el camión estuvo muy cerca de atropellar a dos personas que caminaban por la carretera.

Aproximadamente a las 22:10 horas terminó la expedición a Machu Picchu en una de las plazas principales de Cusco. Un pasajero que también trabajaba como guía turístico de la compañía, y quizás percibiendo lo desatinado del trato del chofer hacía los clientes en un mundo con TripAdvisor, ofreció cambiar de lugar con A. a mitad del viaje. Por su parte, el joven Uruguayo logró convencer a un señor que aquí caracterizaremos objetivamente como ridículo e insensato,  de cederle un lugar que intentaba apartar para su novia (acto que algunos calificaron como infantil después de presenciar la pelea con el conductor), a pesar de que el camión la recogió en un pueblo a tan solo 40 minutos de Cusco y habían dos personas cansadas e incómodas en el frente sin cinturones de seguridad. No está claro si esta negociación se logró mediante argumentos persuasivos o bien, amenazas físicas.

Para las 22:30 las viajeras intentaban entender a regañadientes cómo funcionaban las regaderas de su hostal, puesto que su siguiente “tour,” acertadamente contratado con otra compañía,  empezaba el siguiente día a las 3:30 horas.

“Esta regadera es lo mejor que me ha pasado en toda mi vida,” observó J. después de que las viajeras lograron exitosamente prender el agua caliente que salía con un nivel de presión inaudito para regaderas de ese estilo en un pequeño hostal de aproximadamente 200 MXN por noche. Las piernas de ambas temblaban y comenzaban a sentirse cada vez más rígidas y adoloridas; para este entonces habían dado más de 62,000 pasos desde la llegada a Hidroeléctrica un día antes.

30 horas restantes

Una camioneta pequeña se estacionó frente al hostal de J. y A. a las 3:25 horas. Era completamente diferente a la de Machu Picchu por dentro, con mejores asientos pero un poco más apretados. Prácticamente todos los pasajeros que subían se dormían a los pocos segundos de tocar el asiento, y a cuatro horas de partir de Cusco, absolutamente nadie sabia con quienes estaba viajando. Una familia del pueblo cerca de Winicunca fue la encargada de proveer el desayuno desde su casa adaptada para fungir como restaurante. La comida consistió en hotcakes con mantequilla y mermelada, pan típico de la zona,  y tés de hoja de coca y muña (un tipo de menta andina que también es buena para el mal de altura).

Para llegar al punto de partida de la excursión, que normalmente es de 3 horas de ida y 3 horas de regreso ya sea a pie o a caballo, todavía hay que conducir 40 minutos desde el pueblo más cercano. Al arribo los vendedores que montan pequeños puestitos a la entrada de la zona que busca funcionar como algo similar a un parque natural les ofrecieron todo desde sombreros y guantes hasta bastones para la caminata a J. y A.

Ambas se equiparon con bastones, y emprendieron juntas la larga y difícil caminata hacía la montaña de colores, y durante la cual se pueden apreciar varios valles  y montañas parcialmente cubiertas por glaciares. Una realidad muy triste de Apu Winicunca, es que su atractivo se debe en parte al calentamiento global.

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“Hace un par de años todo esto estaba cubierto de hielo,” les platicó Aurelio, uno de los hombres locales que ofrecen caballos a lo largo de la ruta, empezando al precio de ochenta soles ida y vuelta, y ajustándose dependiendo de la distancia ya recorrida. “Deben de ser unos 6, 7 meses desde que se empezó a anunciar y así empezaron a llegar los grupos cada vez más grandes,” dijo antes de volver a ofrecerles su caballo. Continuó caminando y platicando con A. y J. hasta que un señor con sobrepeso y muy corto de aliento solicitó sus servicios equinos.

A pesar de lo visualmente llamativa que es la montaña  y de su creciente popularidad en la zona, todavía no es un lugar extensivamente conocido en circuitos de viajeros. La primera mención de su existencia para A. fue durante un viaje a Chile en diciembre, cuando un mochilero holandés le recomendó sumamente que lo visitara. J. jamás había escuchado de Winicunca antes de llegar a Cusco, aunque el lugar no es ningún secreto.

Curiosamente la única mujer Peruana que al parecer visitó la montaña aquel día como turista llegó en el mismo grupo que las viajeras, una semana antes había cumplido 51 años. “Vine porque me dijeron que era muy bonito, y es una de las cosas de mi país que todavía no conocía,” expresó. Mientras avanzaban por el sendero, pasando por campos extensos de llamas pastando, poco a poco se fue juntando un grupo de mujeres que habían compartido la mesa tanto con ella como con A. y  J. en el desayuno. Esme (no su verdadero nombre) continuó su historia: “Perú me gusta mucho pero quiero viajar y conocer más lugar como ustedes,” dijo mientras gestionaba hacia las otras mujeres, una Coreana, una Chilena, una Mexicana y una Americana, “es por esto que me voy a retirar este año. Llevo 25 años trabajando en albergues para niños y ya califico para retirarme por servicio. Quiero cambiar como vivo antes de morirme.”

Poco tiempo después, las mujeres se separaron por el ritmo de sus pasos  y no volvieron a juntarse con J. y A. hasta el regreso de la montaña, ya para la hora de la comida. Sin embargo, J. y A. estuvieron de acuerdo en que las palabras de Esme habían resonada con ellas, dado que una parte significativa de viajar en la calidad que sea es que te obliga a estar más presente y más alerta de lo que estás en tu vida cotidiana. “Si lo haces bien,” planteó J. “te despierta del sonambulismo que te puede entrar con la comodidad y la costumbre.” Por su parte, A. admiró que una persona de 51 años tomara la iniciativa de dejar una forma de vida que ya no le acomodaba y que quizás había construido ella misma a través de mucho esfuerzo y trabajo. Ambas estuvieron de acuerdo en que una expedición físicamente tan dura a un lugar así es una excelente manera de marcar un antes y un después o un hito del que tipo que sea, aunque ninguna remarcó que este viaje técnicamente marcaba el fin de sus carreras universitaria. Para este entonces habían dado alrededor de 98, 387 pasos en 3 días.

“Que te pareció la montaña?” preguntó A. mientras el camión se alejaba del valle de llamas y glaciares que recorrieron para llegar a Apu Winicunca. Ambas estaban adoloridas y evitaban mover su cuerpo.

“Hmmm,” reflexionó J. pensativa, “es una chingonería ¿Qué hacemos pasado mañana? ¿Subir más montañas?”

“Subir más montañas,” respondió inclinando enfáticamente la cabeza.

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Envidiosos dirán que es el Popocatépetl con Photoshop.

 

 

 

*Breve paréntesis en la narrativa:

Algo importante que se debe mencionar es que los horarios que los operadores de estos viajes te obligan a seguir están fabricados para minimizar el tiempo total del recorrido y  no para aumentar su aprovechamiento o disfrute. Varios viajeros comprobamos que un viaje auto-gestionado a Machu Picchu puede ser mucho más agradable y razonable en términos de desgaste físico sin aumentar costos. El acceso por escaleras de piedra a las ruinas efectivamente abre a las 05:00 horas y al estar ocasionalmente saturado si es conveniente salir a las 04:00 para cruzar el pueblo y formarse en la fila, pero no es imperativo, ya que las ruinas y las escalares permanecen abiertos todo el día después de eso, y en lugares como este en los que la altitud es un factor, no existen garantías de que ser los primeros en formarse implica llegar primero a las ruinas. Dos grandes beneficios de subir temprano son poder ver la salida del sol desde las ruinas, y que nunca habrá sol ni calor excesivo durante el acenso. Sin embargo, en caso de contar con tiempo y la disposición de planear un par de detalles con anticipo, viajar independientemente a Machu Picchu puede aumentar significativamente la calidad de la experiencia.

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